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LA Navidad con los Animales

 

 


La Navidad Con los Animales

(Cuento Popular Holandés)

MARÍA tenía a su bebé recién nacido en sus brazos. Estaba contenta, pero también preocupada. Hacía frío en el establo, y había una fea corriente de aire. Apretó a su hijo contra su corazón y deseó que su amor por él pudiera calentar el frío y pequeño cuerpo.

Preocupada, observó los grandes agujeros del techo. A través del más grande, se veía una hermosa estrella que titilaba, la estrella que después habría de mostrarles el camino a los pastores y a los Tres Magos. Pero todavía no sabía eso. Era una madre, preocupada por su bebé, y esperaba a José que había salido a pedir fuego prestado.

Meciendo cariñosamente a su pequeño hijo entre sus brazos, observó a los animales con quienes había compartido su hogar: un buey, una mula, un caballo y una cabra. Era evidente que los animales la consideraban como una intrusa, excepto quizá el buey: él parecía amistoso, en ocasiones mirando a sus espaldas estaba su hermana, la vaca, dando a luz a su pequeño becerro.

María buscaba un pequeño lugar dónde pudiera dormir a su hijo, pero sólo encontró el piso duro y tosco, las pesadas vigas y los oscuros rincones llenos de telarañas. Quizá podría utilizar el pesebre de los animales. Lo llenó de paja y acostó a su bebé. Después se arrancó parte de su vestido para cubrirlo y se sentó silenciosamente junto a él, de vez en cuando tocándole sus piecesitos para ver si todavía estaba calientito.

Los animales habían estado observando esto durante algún tiempo y la cabra empezaba a enojarse. Echando fuertes balidos, trató de poner a los otros en contra de los humanos. ¡Qué modales!

¡Se habían inmiscuido en su privacidad, y habían agarrado su pesebre y también su comida! Pronto el caballo y la mula empezaron a estar de acuerdo con la cabra que pegó en el piso con sus cascos y echaba miradas maliciosas al pequeño grupo de humanos. María se dio cuenta de lo que sucedía y pensó que los animales tenían razón. Se levantó y empezó a recoger toda la paja que estaba en el piso del establo. Era una tarea difícil pero consideró que era su obligación, y finalmente había logrado juntar una cantidad considerable.

Pero el gran caballo hambriento pensó que eso no era suficiente. Lleno de rabia, golpeó con sus cascos el montón de paja, resopló indignado, y sacudió su crín y su cola muy enojado. Lo que él quería era precisamente ese delicioso poquito de paja que estaba debajo del niño en el pesebre. Hizo a la mula a un lado y empezó a roer egoístamente.

La pobre María estaba desesperada. Tomó otra vez al bebé entre sus brazos y empezó a rezar. De repente se escuchó un ruido en el techo de teja, y al voltear hacia arriba, ¡qué sorpresa! Vio a un hermoso ángel que veía hacia abajo a través del agujero más grande del techo. Se dirigió al caballo, "¡eres un animal egoísta e intolerante! De ahora en adelante tú y tu progenie deberán servir y cargar a los seres humanos. Tú eres más grande y más poderoso que ellos, pero serás su humilde servidor". Y así sucedió.

Entre tanto el buey sintió lástima por María y su hijo, y además quería compensarlos por lo que había hecho su amigo. Con su pesado casco amontonó un poco de paja para hacer una cama y echó su cálido vaho sobre el pequeño cuerpo con frío para confortarlo. Le susurró al oído a María que su hermana, la vaca, quería darle a su becerro para que fuera el compañero de juegos de su hijo.

¡Qué agradecida estaba María! Vio hacia arriba y, ¡qué sorpresa! allí estaba otra vez el ángel, esta vez viendo al buey a través del agujero más grande del techo. "De ahora en adelante, -dijo, tú y tu hermana comerán en paz, e inclusive podrán digerir su comida cuatro veces. Y tu hermana tendrá un becerro por año y siempre tendrá abundante leche". Y así sucedió.

La mula había escuchado todas esas profecías pero no sabía realmente si creerlas o no. Le parecía alto tonto, pensó. Tenía su propia opinión y muy malos modales. De repente empezó a rebuznar tontamente. Cuando María estaba dándole gracias al buey por su bondad, la mula le arrebató la paja debajo del bebé y empezó a comérsela rápidamente, mientras movía sus orejas de arriba hacia abajo.

Pero antes de que María pudiera hacer algo para prevenirlo, ¡qué sorpresa!, allí estaba el ángel apuntando amenazador dedo a la mula a través del agujero más grande del techo. "Mula, -le dijo, por eso tú y los de tu tipo nunca más volverá a tener bebés". Y así sucedió.

Uno pensaría que para ese momento la cabra ya habría aprendido su lección y se comportará. Pero no, era tan estúpida y bronca. Todavía echando fuertes balidos, se puso a trotar en el establo, pateando y haciendo el ridículo. El pequeño niño empezó a llorar, y María ya no sabía qué hacer ahora y cuando vio hacia arriba a la estrella que brillaba a través del techo, ¡qué sorpresa! allí estaba el ángel asomando la cabeza a través del agujero más grande. Desde entonces la cabra y su progenie siguen teniendo su tonta risa, y su leche ha perdido su buen sabor, para que a la gente no le guste tomarla. Y así sucedió.

Finalmente, la paz volvió al establo –una paz maravillosa y confortante. José regresó y trajo fuego, los animales estaban perplejos, y una luz grande y celestial brillaba a través del agujero más grande del techo. El pequeño infante se durmió plácidamente, y María dobló las manos para rezar.

Esto es lo que sucedió durante la noche santa –por lo menos mucha gente así lo cree o eso es lo que mucha gente dice en Holanda.